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Vista panorámica del skyline de Múnich
Vista panorámica de Múnich. Wikimedia Commons. CC BY-SA 3.0. · Fuente: Wikimedia Commons
CITY

Múnich

Alemania

Tradición, ruptura y una ciudad que ayudó a transformar el arte moderno.

Múnich: donde el orden aprendió a romperse

Múnich tiene aspecto de ciudad que sabe perfectamente dónde debe estar cada cosa.

Las fachadas se alinean, las plazas parecen pensadas para durar siglos y los grandes edificios culturales ocupan su lugar con una seguridad casi intimidante. A primera vista, cuesta imaginarla como escenario de una revolución artística. Parece demasiado ordenada para eso.

Y, sin embargo, pocas ciudades europeas participaron de una forma tan intensa en la transformación del arte moderno.

Mucho antes de que la abstracción pareciera inevitable, artistas llegados de distintos lugares se reunieron aquí para discutir precisamente aquello que ya no querían seguir haciendo. Pintar correctamente dejó de ser suficiente. Copiar el mundo tampoco. El color podía existir por sí mismo. Una línea podía dejar de describir algo reconocible. Una montaña podía ser azul y un caballo no tenía ninguna obligación de parecerse al caballo que había delante del pintor.

Múnich tenía academias, grandes colecciones y una tradición artística extraordinaria.

Precisamente por eso era un lugar perfecto para rebelarse contra ella.

Una ciudad construida para mirar arte

La relación de Múnich con el arte comenzó mucho antes de la modernidad.

Durante siglos, las colecciones de los gobernantes bávaros fueron acumulando pinturas que terminarían formando uno de los grandes conjuntos artísticos europeos. En el siglo XIX esa ambición encontró además una forma arquitectónica espectacular.

Cuando la Alte Pinakothek abrió sus puertas en 1836, el edificio concebido por Leo von Klenze fue uno de los museos de pintura más grandes del mundo. La idea era casi monumental: reunir las grandes obras de los maestros europeos y construir alrededor de ellas un lugar digno de contenerlas.

Exterior histórico de la Alte Pinakothek de Múnich a finales del siglo XIX

Exterior de la Alte Pinakothek, Múnich, ca. 1870–1885. Fotografía: Georg Böttger. Rijksmuseum / Wikimedia Commons. CC0 / Public Domain.

Hoy siguen allí Albrecht Dürer, Leonardo da Vinci, Rafael, Tiziano, Rubens, Rembrandt, Murillo, Zurbarán o El Greco, entre muchos otros.

Pero el coleccionismo muniqués no terminó con los antiguos maestros.

La Neue Pinakothek, fundada por el rey Luis I de Baviera e inaugurada originalmente en 1853, fue concebida para mostrar arte contemporáneo de su propio tiempo. Aquella decisión resulta sorprendentemente moderna: una ciudad que veneraba el pasado estaba reservando también un museo para aquello que todavía estaba ocurriendo.

El edificio histórico de la Neue Pinakothek no es, sin embargo, el que llegó hasta nuestros días. Tras quedar gravemente destruido durante la Segunda Guerra Mundial, fue finalmente sustituido por un nuevo edificio diseñado por Alexander von Branca, inaugurado en 1981.

El arte no era decoración.

Era parte de la manera en que Múnich quería entenderse a sí misma.

Cuando la academia empezó a quedarse pequeña

A finales del siglo XIX, Múnich era uno de los grandes centros de formación artística de Europa. Su Academia de Bellas Artes atraía estudiantes de numerosos países y la ciudad estaba llena de pintores, talleres, asociaciones y exposiciones.

Pero cuando una tradición se vuelve demasiado poderosa, tarde o temprano alguien decide que ya no quiere obedecerla.

En 1892 nació la Secesión de Múnich.

Un grupo de artistas se separó de las estructuras oficiales de exposición para defender una mayor libertad artística y mostrar obras que no encajaban cómodamente en los criterios establecidos. Entre las figuras relacionadas con aquella nueva escena estuvieron Franz von Stuck, Lovis Corinth y Max Slevogt.

No estaban intentando destruir la pintura.

Querían ampliar lo que podía ser.

La palabra “Secesión” terminaría apareciendo también en otras ciudades europeas, pero Múnich fue una de las primeras en convertir esa ruptura en una estructura artística propia.

Era una señal.

Algo estaba empezando a moverse debajo de toda aquella apariencia de estabilidad.

Una ciudad llena de extranjeros

Parte de la energía artística de Múnich procedía precisamente de gente que no había nacido allí.

Vista de Múnich alrededor del año 1900 con el Neues Rathaus

Múnich hacia 1900. Detroit Publishing Company Collection / Library of Congress. Public Domain.

A principios del siglo XX llegaron artistas rusos, suizos, austríacos y de otras partes de Alemania atraídos por la academia, las escuelas privadas y la reputación cultural de la ciudad.

Entre ellos estaba Wassily Kandinsky, nacido en Moscú, que llegó a Múnich en 1896 para estudiar arte. También Alexej von Jawlensky y Marianne von Werefkin, procedentes del Imperio ruso, formaron parte de una comunidad artística internacional que convirtió la ciudad en un lugar donde las ideas circulaban constantemente.

En 1902, Kandinsky comenzó a enseñar en la escuela artística Phalanx. Allí conoció a Gabriele Münter.

Durante mucho tiempo, la historia la colocó demasiado cerca de él, casi como si necesitara su presencia para justificar la suya.

No la necesitaba.

Münter tenía una mirada propia, una capacidad extraordinaria para reducir las formas y una manera de utilizar el color que terminaría siendo fundamental para comprender aquella generación.

Y mientras todo eso ocurría, el arte representativo empezaba lentamente a perder el suelo bajo los pies.

El momento en que el color dejó de pedir permiso

En 1909 se creó en Múnich la Neue Künstlervereinigung München, la Nueva Asociación de Artistas de Múnich.

Entre sus miembros se encontraban Kandinsky, Münter, Jawlensky y Werefkin.

La convivencia no duró demasiado.

Las diferencias sobre hasta dónde podía llegar la experimentación artística terminaron provocando una nueva ruptura. En 1911, Kandinsky y Franz Marc impulsaron el círculo que acabaría siendo conocido como Der Blaue Reiter —El Jinete Azul—.

The Blue Rider, pintura de Wassily Kandinsky de 1903

Wassily Kandinsky, The Blue Rider, 1903. Public Domain.

El nombre parece casi demasiado perfecto para un movimiento artístico.

Pero en realidad nunca fue un grupo rígido con un manifiesto cerrado y una lista estable de miembros. Era algo más flexible: artistas unidos por conversaciones, exposiciones, afinidades y una curiosidad común por aquello que la pintura todavía podía llegar a ser.

En torno a ellos aparecieron Gabriele Münter, August Macke, Paul Klee, Alexej von Jawlensky, Marianne von Werefkin y otros creadores.

Las primeras exposiciones vinculadas a Der Blaue Reiter se celebraron en Múnich en 1911 y 1912.

Y allí ocurrió algo esencial.

El color dejó de tener que obedecer a la realidad.

Un paisaje podía transformarse en una construcción emocional. Las figuras podían simplificarse hasta rozar el símbolo. La música podía convertirse en modelo para la pintura precisamente porque no necesitaba representar una mesa, un árbol o un rostro para provocar una emoción.

La pregunta ya no era solamente “¿qué estoy viendo?”.

También podía ser “¿qué estoy sintiendo?”.

Pintar algo que todavía no tenía nombre

Kandinsky avanzaría cada vez más hacia la abstracción.

Franz Marc convirtió animales en construcciones de color capaces de transmitir una intensidad casi espiritual.

Münter simplificó paisajes, interiores y retratos hasta encontrar una claridad que puede parecer sencilla solo después de verla.

Jawlensky transformó el rostro humano una y otra vez hasta acercarlo a una especie de icono.

Werefkin, una de las figuras más intelectualmente poderosas de aquel círculo, exploró escenas cargadas de tensión, color y psicología.

No todos buscaban exactamente lo mismo.

Eso es lo interesante.

Der Blaue Reiter no inventó una fórmula. Abrió puertas.

Su famoso almanaque, publicado en 1912, mezcló pintura, música, teoría y formas de creación procedentes de culturas y tradiciones muy diferentes. La intención era ampliar radicalmente aquello que podía entrar dentro de una conversación sobre arte.

Múnich se había convertido en uno de los lugares donde la modernidad estaba aprendiendo a hablar.

Y lo hacía dentro de una ciudad que seguía pareciendo perfectamente ordenada desde fuera.

El regalo que cambió un museo

Décadas después, buena parte de aquella historia regresaría a Múnich de una manera extraordinaria.

En 1957, cuando cumplió ochenta años, Gabriele Münter entregó al Lenbachhaus más de mil obras relacionadas con Der Blaue Reiter.

La donación incluía alrededor de noventa pinturas al óleo de Kandinsky, unos 330 dibujos y acuarelas, cuadernos, grabados y pinturas sobre vidrio, además de más de veinticinco pinturas de la propia Münter y obras de Franz Marc, August Macke, Paul Klee, Alexej Jawlensky y Marianne von Werefkin.

Fue uno de esos gestos capaces de cambiar por completo la identidad de una institución.

El Lenbachhaus pasó a custodiar la mayor colección del mundo dedicada a Der Blaue Reiter.

Lenbachhaus de Múnich, museo que conserva la principal colección de Der Blaue Reiter

Lenbachhaus, Múnich. Wikimedia Commons. CC0 / Public Domain.

Y también ocurrió algo curioso.

La ciudad donde aquellos artistas habían discutido, experimentado, roto asociaciones y creado nuevas formas de pintar terminó convirtiéndose en el lugar donde gran parte de aquel proceso podía volver a verse reunido.

No como una reconstrucción.

Con los originales.

De Dürer a Warhol en unas pocas calles

Una de las cosas más extrañas de Múnich es la concentración de arte.

En el Kunstareal, el barrio de los museos, siglos enteros parecen haberse comprimido en unas pocas manzanas.

En la Alte Pinakothek está Dürer.

Muy cerca comienza el siglo XIX.

Un poco más allá, la Pinakothek der Moderne reúne arte moderno, diseño, arquitectura y obra gráfica.

Y prácticamente al lado, el Museum Brandhorst lleva el recorrido hasta Andy Warhol, Cy Twombly y numerosas figuras de la creación contemporánea.

No hace falta atravesar media ciudad para pasar del Renacimiento a una instalación.

A veces basta con cruzar una calle.

La Pinakothek der Moderne, inaugurada en 2002, reúne varias disciplinas bajo un mismo techo. Su colección de arte moderno supera las 20.000 obras y recorre desde las vanguardias de comienzos del siglo XX hasta la creación contemporánea.

El Museum Brandhorst, abierto en 2009, añadió otra pieza al conjunto. Conserva más de 120 obras de Andy Warhol, la mayor colección del artista fuera de Estados Unidos, además de uno de los conjuntos más importantes de Cy Twombly en Europa.

Su ciclo monumental Lepanto ocupa incluso una sala diseñada específicamente para él.

En Múnich, coleccionar arte nunca parece haber sido una afición pequeña.

El orden nunca fue tan ordenado

Quizá el error sea imaginar que tradición y ruptura son fuerzas opuestas.

Múnich demuestra algo distinto.

Las grandes colecciones antiguas generaron museos. Los museos generaron escuelas. Las escuelas atrajeron artistas. Los artistas empezaron a discutir lo que les enseñaban. De esas discusiones nacieron nuevas asociaciones. Y algunas de aquellas asociaciones terminaron cambiando la historia del arte.

La ruptura no apareció fuera del sistema.

Creció dentro de él.

Por eso resulta tan interesante caminar hoy por Múnich y pensar que en aquellas calles convivieron estudiantes que copiaban antiguos maestros con artistas que estaban intentando descubrir si una pintura podía funcionar sin representar prácticamente nada.

Una ciudad puede parecer conservadora y ser experimental al mismo tiempo.

Puede amar a Rubens y acabar produciendo a Kandinsky.

Puede construir un museo para conservar el pasado y, unas décadas después, otro para mostrar aquello que todavía no sabe si sobrevivirá.

Múnich nunca tuvo que elegir entre tradición y modernidad.

Aprendió a vivir con las dos.

Múnich para amantes del arte: la guía definitiva

Hay ciudades donde visitar arte exige cruzar kilómetros de transporte público.

En Múnich puede ocurrir algo bastante diferente: salir de un museo con Rubens, caminar unos minutos y entrar en otro con Warhol.

La concentración de instituciones convierte la ciudad en uno de los destinos artísticos más cómodos y completos de Europa. Pero la escena no termina en las grandes Pinakotheken. También hay colecciones particulares, centros de exposiciones, asociaciones históricas y espacios dedicados exclusivamente al arte contemporáneo.

Esta guía está planteada como una referencia permanente, no como una agenda de exposiciones temporales.

Las grandes colecciones

Alte Pinakothek

Una de las grandes galerías de pintura europea. Sus colecciones recorren desde la Edad Media hasta el siglo XVIII y permiten encontrarse con Albrecht Dürer, Leonardo da Vinci, Rafael, Botticelli, Tiziano, Rubens, Rembrandt, Murillo, Zurbarán y El Greco.

Entre sus obras más reconocibles se encuentra el extraordinario Autorretrato con abrigo de piel de Dürer, pintado en 1500.

Más que una colección de obras maestras, la Alte Pinakothek permite entender el punto de partida desde el que muchas generaciones posteriores decidieron romper las reglas.

Neue Pinakothek

Creada originalmente en 1853, fue uno de los primeros grandes museos dedicados específicamente al arte contemporáneo de su propio tiempo.

El edificio histórico no sobrevivió y la sede posterior, diseñada por Alexander von Branca, fue inaugurada en 1981.

Su colección recorre el siglo XIX y contiene obras de Francisco de Goya, Édouard Manet, Claude Monet, Paul Cézanne, Vincent van Gogh, Gustav Klimt y numerosos artistas fundamentales del Romanticismo, Realismo e Impresionismo.

El edificio se encuentra actualmente sometido a una profunda renovación y una selección de sus principales obras se presenta temporalmente en otras instituciones de las Bayerische Staatsgemäldesammlungen.

Conviene comprobar la situación actual en su web oficial antes de planificar la visita.

Pinakothek der Moderne

Una institución enorme dedicada no únicamente a la pintura.

Bajo un mismo edificio conviven arte moderno y contemporáneo, diseño, arquitectura y obra gráfica, lo que permite mirar el siglo XX desde disciplinas diferentes.

La Sammlung Moderne Kunst conserva más de 20.000 obras, desde las vanguardias históricas hasta la actualidad, con artistas como Pablo Picasso, Max Beckmann, Paul Klee, Franz Marc, Oskar Schlemmer, Georg Baselitz, Dan Flavin o Neo Rauch.

Es probablemente el lugar donde mejor se entiende que el modernismo dejó de separar cuidadosamente pintura, fotografía, objetos, arquitectura y diseño.

Museum Brandhorst

Su fachada de miles de piezas cerámicas de colores ya anuncia que aquí empieza otra etapa.

El museo, abierto en 2009, está dedicado fundamentalmente al arte desde la segunda mitad del siglo XX hasta la actualidad.

Conserva más de 120 obras de Andy Warhol, una de las mayores concentraciones de su trabajo fuera de Estados Unidos, y uno de los conjuntos europeos más importantes de Cy Twombly.

El ciclo Lepanto, formado por doce grandes pinturas de Twombly, ocupa una sala creada específicamente para la obra.

También aparecen artistas como Jean-Michel Basquiat, Ed Ruscha, Louise Lawler, Jacqueline Humphries, Amy Sillman y Albert Oehlen.

El lugar imprescindible para comprender Múnich

Lenbachhaus

Si hubiera que elegir un único museo para entender por qué Múnich fue importante para la modernidad artística, probablemente sería este.

El edificio nació como residencia y estudio del pintor Franz von Lenbach, pero su identidad actual está inevitablemente ligada a Der Blaue Reiter.

Gracias a la extraordinaria donación realizada por Gabriele Münter en 1957, el museo conserva hoy la mayor colección mundial dedicada al grupo.

Aquí están Kandinsky, Münter, Franz Marc, August Macke, Paul Klee, Jawlensky y Werefkin, entre otros.

No es únicamente un lugar donde ver cuadros famosos.

Es el lugar donde una historia artística que ocurrió en la ciudad vuelve a encontrarse consigo misma.

Arte contemporáneo y grandes exposiciones

Haus der Kunst

Uno de los principales centros de exposiciones contemporáneas de Múnich.

No posee una colección permanente tradicional y su identidad depende fundamentalmente de grandes proyectos temporales, retrospectivas, instalaciones, performance, sonido y nuevas prácticas artísticas.

Actualmente se define como un centro global dedicado especialmente al trabajo con artistas vivos, conectando distintas generaciones, disciplinas y formas de producción.

Es uno de los espacios adecuados para descubrir qué está ocurriendo en el arte después de abandonar los recorridos históricos de las Pinakotheken.

Kunsthalle München

Situada en pleno centro de la ciudad, la Kunsthalle organiza grandes exposiciones temporales y recibe alrededor de 350.000 visitantes anuales.

Su programación no se limita a pintura y escultura. También trabaja con fotografía, diseño, moda, artes aplicadas y medios contemporáneos, y suele construir exposiciones temáticas en las que distintas disciplinas se encuentran.

Precisamente por no tener una colección permanente que determine su identidad, puede cambiar radicalmente de una exposición a otra.

Colecciones y espacios menos evidentes

Sammlung Schack

Una colección mucho más pequeña y tranquila que las grandes Pinakotheken, formada alrededor del coleccionismo del conde Adolf Friedrich von Schack.

Está especialmente vinculada a la pintura alemana del siglo XIX y reúne artistas como Arnold Böcklin, Franz von Lenbach, Moritz von Schwind, Anselm Feuerbach y Carl Spitzweg.

Es uno de esos museos que permiten respirar después de varias horas atravesando instituciones gigantescas.

Sammlung Goetz

Una de las colecciones de arte contemporáneo más importantes surgidas del coleccionismo privado alemán.

Su histórico edificio de Oberföhring ya no funciona como espacio expositivo abierto al público, pero la colección continúa presentando muestras en Sammlung Goetz / Schaufenster, en el centro de Múnich, además de colaborar con otras instituciones.

Sus fondos abarcan arte contemporáneo, fotografía, instalaciones y una importante colección de arte de nuevos medios.

Conviene comprobar siempre dónde están siendo presentadas las obras antes de planificar la visita.

Kunstverein München

Fundado en 1823, es una de las instituciones artísticas de su tipo más antiguas y grandes de Alemania.

Desde sus espacios en las históricas arcadas del Hofgarten presenta arte contemporáneo y proyectos experimentales, manteniendo una función muy diferente a la de los grandes museos.

Aquí no se viene necesariamente a encontrar nombres conocidos.

Se viene a descubrir lo que todavía está entrando en la conversación.

Una ciudad donde los siglos caben juntos

Múnich tiene algo difícil de encontrar en otras ciudades.

No obliga a escoger una época.

Puedes mirar a Dürer por la mañana, encontrarte con Van Gogh después, pasar la tarde entre Kandinsky y Münter y terminar frente a Warhol o Cy Twombly.

Todo sin abandonar una parte relativamente pequeña de la ciudad.

Pero quizá lo más interesante no sea la cantidad de obras.

Es la contradicción.

Múnich parece construida alrededor del orden, la tradición y la permanencia. Y precisamente aquí aparecieron artistas que empezaron a preguntarse qué ocurría si el arte dejaba de obedecer.

Algunos descubrieron que un caballo podía ser azul.

Otros que una pintura podía dejar de representar el mundo.

Y una ciudad aparentemente demasiado ordenada para permitir una revolución artística terminó ayudando a producir una de las más importantes del siglo XX.

Nota práctica

Esta guía está concebida como una referencia atemporal. Por eso no incluye precios, horarios concretos, teléfonos ni exposiciones temporales, ya que pueden cambiar.

Algunas instituciones pueden además encontrarse en procesos de renovación o presentar parte de sus colecciones en sedes alternativas.

Antes de visitar cualquier museo, colección o centro de arte recomendamos consultar siempre su web oficial para comprobar las condiciones de acceso y la ubicación actual de las obras.