Hay prendas que son amor a primera vista. Otras pasan completamente desapercibidas hasta que nos las probamos y, de repente, nos hacen sentir increíbles, como si estuvieran hechas exactamente para nuestro cuerpo. Hay prendas básicas, silenciosas, que simplemente cumplen su función, y otras tan extrañas que no sabemos si admirarlas o preguntarnos quién decidió que aquello debía existir. Algunas pueden parecer horrendas y, aun así, tener algo hipnótico; otras son, sencillamente, horrendas. La ropa puede ser cómoda, absurda, elegante, incómoda, bellísima, vulgar o inolvidable. Y después están esas piezas que se alejan tanto de lo que entendemos por vestir que empieza a resultar difícil incluso llamarlas ropa.

Se levantan sobre los hombros, ensanchan las caderas hasta borrar la anatomía, endurecen el cuerpo bajo estructuras rígidas o lo rodean con materiales que parecen haber llegado de la arquitectura, de un laboratorio o de algún organismo todavía sin nombre. Algunas se pueden llevar; otras apenas permiten moverse. Muchas terminan detrás de una vitrina, iluminadas exactamente igual que una escultura.

Entonces aparece una pregunta bastante sencilla: ¿en qué momento dejamos de estar mirando un vestido y empezamos a mirar una obra?

La frontera parece evidente hasta que intentamos encontrarla.

Un cuerpo no tiene por qué conservar su forma

Durante siglos, la ropa ha modificado el cuerpo. Corsés, miriñaques, hombreras, polisones o tacones nunca se limitaron a cubrirlo: lo estiraron, comprimieron, elevaron y reconstruyeron siguiendo el ideal de cada época. La diferencia quizá no esté, por tanto, en transformar la silueta. La moda lleva haciendo eso muchísimo tiempo.

Crinolina histórica formada por aros que amplían y transforman la silueta del cuerpo

Crinolina, siglo XIX. Metal y algodón. The Metropolitan Museum of Art, Costume Institute. Public Domain / Open Access.

Lo extraño comienza cuando la transformación deja de intentar embellecer un cuerpo reconocible y empieza a inventar otro.

Rei Kawakubo lo hizo de una manera especialmente radical en 1997 con Body Meets Dress, Dress Meets Body. Bajo vestidos aparentemente sencillos introdujo rellenos irregulares que aparecían en la espalda, el abdomen, los hombros o las caderas. Las formas parecían crecer donde un vestido convencional habría intentado ocultarlas. La colección fue celebrada y atacada precisamente porque alteraba aquello que se esperaba de un cuerpo vestido: no corregía la silueta, la desobedecía.¹

Diseño blanco de Rei Kawakubo para Comme des Garçons de 1997 con grandes volúmenes y pliegues escultóricos

Rei Kawakubo para Comme des Garçons, diseño de 1997. Fotografía: we-make-money-not-art. CC BY-SA 2.0.

Veinte años después, el Metropolitan Museum of Art dedicaría una exposición completa a Kawakubo bajo un concepto muy apropiado: Art of the In-Between, el arte de aquello que existe entre dos lugares. Entre ropa y no ropa, objeto y sujeto, diseño y no diseño. Quizá sea ahí donde empieza la respuesta. Algunas piezas resultan difíciles de clasificar porque están hechas precisamente para vivir en esa frontera.²

Cuando la tela deja de parecer tela

También podemos reconocer una prenda por sus materiales. Lana, algodón, seda, cuero. Los conocemos porque sabemos cómo deberían caer, doblarse o acompañar al cuerpo.

Pero ¿qué ocurre cuando el vestido está hecho de fibra de vidrio?

Hussein Chalayan presentó en 2000 Remote Control, una pieza rígida construida a partir de fibra de vidrio y resina, con paneles que podían abrirse para descubrir tul rosa en su interior. En la versión original, esos mecanismos funcionaban mediante control remoto. Chalayan llegó a describir este tipo de trabajos como “monumentos a ideas”, y el propio Met señala que muchos de sus diseños están más cerca de la escultura que de la indumentaria convencional.³

Remote Control Dress de Hussein Chalayan, vestido blanco geométrico de apariencia tecnológica y escultórica

Hussein Chalayan, Remote Control Dress, 2000. Fotografía: saschapohflepp. CC BY 2.0.

Mirada sin un cuerpo dentro, Remote Control podría confundirse fácilmente con una carcasa futurista, una pieza industrial o un pequeño objeto arquitectónico. Tiene volumen, superficie, interior y mecanismo. Ocupa un espacio propio. La persona que lo lleva ya no parece simplemente vestida: parece haber entrado dentro de una estructura.

Y quizá aquí aparezca una de las diferencias más interesantes entre ropa y escultura. La ropa suele adaptarse al cuerpo. En estas piezas, en cambio, es el cuerpo el que tiene que negociar con el objeto.

El cuerpo como pedestal

Una escultura tradicional necesita algún lugar donde sostenerse. Durante siglos fue un pedestal. En la moda más experimental, ese lugar puede ser una persona.

Look gris de gran volumen y apariencia escultórica de Rei Kawakubo para Comme des Garçons

Rei Kawakubo para Comme des Garçons, otoño/invierno 2017, Look 5. Fotografía: Premeditated Chaos. CC BY-SA 4.0.

Iris van Herpen ha llevado esta idea hacia un territorio casi orgánico. Sus vestidos parecen crecer alrededor del cuerpo: láminas transparentes, estructuras impresas en tres dimensiones, superficies que recuerdan esqueletos, alas, ondas o criaturas microscópicas. Su trabajo mezcla técnicas artesanales de alta costura con tecnología, arquitectura, ciencia y colaboración artística. Museos de distintos países han presentado sus prendas junto a esculturas, instalaciones y objetos científicos; una de sus grandes retrospectivas lleva precisamente por título Sculpting the Senses.⁴

En una pieza de su colección Hybrid Holism, por ejemplo, una estructura exterior de PVC envuelve el cuerpo con formas biomórficas inspiradas en una instalación arquitectónica de Philip Beesley. La referencia ya no parte de cómo debería ser un vestido, sino de cómo podría comportarse una materia viva.⁵

Cuando una pieza empieza así, el cuerpo deja de ser simplemente aquello que la ropa debe cubrir. Se convierte en una estructura alrededor de la cual construir.

Eso también modifica nuestra manera de mirar. En una tienda preguntamos si una prenda nos quedaría bien. Frente a estas obras la pregunta cambia: queremos saber cómo está hecha, qué significa, qué material estamos viendo, cuánto pesa, cómo se mueve o incluso cómo consigue mantenerse en pie.

Son preguntas mucho más cercanas a las que hacemos frente a una escultura.

Alexander McQueen y la imposibilidad de separar la obra del espectáculo

Alexander McQueen entendió muy pronto que la ropa podía contar algo mucho más grande que ella misma. Sus colecciones no se limitaban a presentar prendas una detrás de otra: construían ambientes, personajes y relatos en los que aparecían naturaleza, violencia, historia, religión, deseo, tecnología o miedo.

Diseño de Alexander McQueen de la colección Angels and Demons con textura de plumas y silueta dramática

Alexander McQueen, Angels and Demons, otoño/invierno 2010, Look 16. Vista de exposición en Savage Beauty. Fotografía: Isabell Schulz. CC BY-SA 2.0.

El Metropolitan Museum of Art describió posteriormente su trabajo como una ampliación de los límites convencionales de la moda hacia formas de expresión cultural y conceptual, y sus desfiles llegaron a acercarse a la instalación y a la performance.⁶

Pero quizá lo más interesante de McQueen no sea decidir si fue diseñador o artista. Esa discusión acaba siendo bastante pobre. Lo verdaderamente interesante es observar cómo consiguió que una prenda pudiera seguir existiendo después de haber perdido prácticamente toda necesidad de ser útil.

Una pieza puede impedir caminar con normalidad, cubrir el rostro, exagerar el cuerpo hasta volverlo irreconocible o exigir horas de trabajo para existir durante unos minutos sobre una pasarela. Desde una lógica puramente funcional sería un fracaso.

Desde otra mirada puede ser exactamente lo contrario.

El museo cambia las cosas

Existe además una pequeña trampa.

Una creación puede desfilar en París o Londres y ser llamada moda. Años después, exactamente el mismo objeto puede colocarse sobre un maniquí en el Metropolitan Museum, el Victoria and Albert Museum o cualquier otra institución y pasar a contemplarse en silencio, rodeado de visitantes que observan sus materiales y su construcción como observarían una pieza de arte.

Detalle lateral del Remote Control Dress de Hussein Chalayan mostrando su estructura rígida

Hussein Chalayan, Remote Control Dress, 2000. Detalle. Fotografía: we-make-money-not-art. CC BY-SA 2.0.

El objeto no ha cambiado.

Ha cambiado la habitación.

Quizá por eso la frontera entre moda y escultura sea mucho menos sólida de lo que creemos. A veces depende del material, otras de la intención, de la imposibilidad de utilizar la pieza en la vida cotidiana o de la forma en que transforma el espacio que la rodea. Pero también depende de nosotros y del permiso que damos a ciertos lugares para decidir cómo debemos mirar algo.

Una silla dentro de una casa es una silla. Una silla dentro de una galería puede convertirse en una obra.

Un vestido puede cubrir un cuerpo, pero también puede alterar su anatomía, ocupar un espacio, contener una idea y existir aunque nadie llegue a vestirlo.

Una escultura que respira

Hay, sin embargo, algo que estas piezas pueden hacer y una escultura de mármol no.

Respirar con quien las lleva.

Moverse.

Cambiar al caminar.

Hundirse ligeramente cuando el cuerpo se sienta y recuperar después su volumen. Proyectar una sombra diferente a cada paso. Son obras cuya forma nunca está completamente terminada hasta que aparece una persona dentro de ellas.

Y quizá ahí se encuentre lo más hermoso de esta relación.

La escultura tradicional convierte un material en presencia. La moda puede hacer lo mismo, pero añade algo imprevisible: un cuerpo vivo.

Por eso tal vez no exista un instante exacto en el que la ropa se convierta en escultura. No hay una cantidad concreta de volumen, una lista de materiales ni una regla que permita cruzar oficialmente de un lado al otro.

Puede que la frontera aparezca simplemente cuando dejamos de preguntarnos «¿me lo pondría?» y empezamos a preguntarnos «¿qué estoy mirando?»

En ese momento el vestido todavía puede seguir siendo ropa.

Pero ya es algo más.

Fuentes y referencias

  1. Museum of Modern Art (MoMA), Rei Kawakubo — Body Meets Dress, Dress Meets Body. https://www.moma.org/audio/playlist/43/702
  2. The Metropolitan Museum of Art, Rei Kawakubo/Comme des Garçons: Art of the In-Between. https://www.metmuseum.org/exhibitions/listings/2017/rei-kawakubo
  3. The Metropolitan Museum of Art, Hussein Chalayan, Remote Control, 2000. https://www.metmuseum.org/art/collection/search/124594
  4. Kunsthal Rotterdam, Iris van Herpen: Sculpting the Senses. https://www.kunsthal.nl/en/plan-your-visit/exhibitions/iris-van-herpen/
  5. The Metropolitan Museum of Art, Iris van Herpen, pieza de la colección Hybrid Holism. https://www.metmuseum.org/art/collection/search/701654
  6. The Metropolitan Museum of Art, Alexander McQueen: Savage Beauty. https://www.metmuseum.org/es/met-publications/alexander-mcqueen-savage-beauty