Durante siglos, algunas de las piezas más extraordinarias de la orfebrería renacentista estuvieron contando la historia del hombre equivocado.
Las Aldobrandini Tazze son doce grandes copas de plata dorada dedicadas a los doce césares de Suetonio. Cada una está coronada por la figura de un emperador y, debajo, sobre el plato, aparecen cuatro escenas de su vida trabajadas con un nivel de detalle extraordinario. En teoría, el sistema era sencillo: Julio César debía estar sobre la historia de Julio César; Nerón, sobre la de Nerón; Claudio, sobre la de Claudio.
Pero las piezas podían desmontarse.
Y en algún momento alguien empezó a montarlas mal.
No sabemos exactamente quién creó las tazze, dónde se hicieron, quién las encargó ni para qué ocasión fueron concebidas. Su historia temprana prácticamente desapareció y, cuando el conjunto reapareció en Londres en 1826, llegó acompañado de más preguntas que respuestas. Durante un tiempo incluso se pensó que podían ser obra de Benvenuto Cellini, una atribución que la investigación posterior descartó.
El verdadero problema, sin embargo, estaba delante de todos.
Las doce tazze habían sido diseñadas para separarse con facilidad, posiblemente para facilitar su almacenamiento o transporte. Las figuras de los emperadores podían retirarse de los platos y volver a colocarse después. Era práctico, pero también peligrosamente sencillo: una vez desmontadas, nada impedía que un emperador terminara sobre el plato equivocado.
Vitellius Tazza, ca. 1587–99. Plata dorada; pie añadido después de mediados del siglo XIX. Autor desconocido, probablemente flamenco, Amberes. The Metropolitan Museum of Art. Public Domain / Open Access.
Las figuras estaban identificadas. Los platos no.
Vista posterior de la figura del emperador Vitellius, perteneciente a la Vitellius Tazza, ca. 1587–99. Plata dorada. Autor desconocido, probablemente flamenco, Amberes. The Metropolitan Museum of Art. Public Domain / Open Access.
Para saber a quién pertenecía cada uno había que reconocer las pequeñas escenas representadas en ellos y compararlas con los episodios narrados por Suetonio en Las vidas de los doce césares. Si alguien no conocía con precisión aquellas historias, podía colocar perfectamente una figura sobre una vida que no era la suya sin darse cuenta.
Eso fue exactamente lo que ocurrió.
A finales del siglo XIX, solo Julio César y Claudio seguían correctamente colocados sobre sus propios relatos. Los otros diez emperadores estaban instalados encima de episodios pertenecientes a otro gobernante.
No era un pequeño error de catalogación oculto en los archivos de un museo. Durante años, quien contemplaba algunas de aquellas piezas podía estar mirando a un emperador mientras, justo debajo de sus pies, se narraba la vida de otro.
La situación todavía se complicó más cuando el conjunto terminó dispersándose entre diferentes propietarios. Lo que había nacido como una serie de doce objetos relacionados pasó a estudiarse, comprarse y conservarse por separado. Las tazze viajaron, cambiaron de manos, fueron desmontadas, restauradas y modificadas, y cada nueva separación hacía más difícil reconstruir su aspecto original.
También cambiaron físicamente.
Cuando reaparecieron en el siglo XIX existía una fuerte preferencia por imaginar la plata renacentista con una apariencia dorada, de modo que las piezas recibieron una fina capa de oro. El tiempo no solo había mezclado a sus protagonistas: también había alterado la forma en la que el mundo moderno esperaba que aquellas obras del pasado debían parecer.
Durante mucho tiempo, por tanto, el misterio de las Aldobrandini Tazze tuvo dos niveles. El primero era descubrir quién había creado semejante conjunto. El segundo, quizá todavía más extraño, consistía en averiguar qué era exactamente cada una de las obras que había sobrevivido.
En 2014, el Metropolitan Museum of Art consiguió reunir las doce tazze para estudiarlas conjuntamente por primera vez desde mediados del siglo XIX. Historiadores, conservadores y científicos pudieron comparar materiales, estructuras, escenas y modificaciones acumuladas durante siglos. Era casi una investigación arqueológica aplicada a objetos que, aparentemente, nunca habían desaparecido.
Porque las tazze estaban ahí.
Lo que se había perdido era su orden.
El estudio permitió devolver a los emperadores las historias que originalmente les correspondían y reconstruir buena parte de la estructura del conjunto. El proyecto desembocó en la exposición The Silver Caesars: A Renaissance Mystery, inaugurada en Nueva York en 2017, donde pudieron contemplarse reunidas públicamente por primera vez en más de siglo y medio.
Resolver aquel rompecabezas, sin embargo, no resolvió el misterio principal.
Todavía no sabemos con certeza quién diseñó las tazze, qué talleres participaron en su realización, quién las encargó ni cuál era exactamente su función. La cantidad de plata utilizada y la complejidad del trabajo indican que debieron de constituir un encargo excepcionalmente importante, pero no ha aparecido un documento que explique de forma definitiva su nacimiento.
Y quizá sea precisamente eso lo que hace que su historia resulte tan fascinante.
Pensamos en los museos como lugares donde los objetos quedan protegidos del tiempo, pero conservar algo no significa conservar intacta su identidad. Un objeto puede sobrevivir mientras desaparece el nombre de quien lo hizo. Puede mantener su forma y perder su contexto. Puede cambiar de propietario, de país o de significado tantas veces que, llegado cierto punto, incluso aquello que parecía evidente deja de serlo.
Las Aldobrandini Tazze sobrevivieron a todo eso. Sobrevivieron a los viajes, a los cambios de dueño, a las restauraciones, a las atribuciones equivocadas y a la dispersión. Pero durante generaciones dejaron de contar correctamente su propia historia.
Diez emperadores permanecieron de pie sobre vidas que no eran las suyas, contemplados como si nada estuviera mal.
Y quizá esa sea la parte más extraña de toda la historia: no que se cometiera el error, sino que pudiera durar tanto tiempo.
Porque los objetos no recuerdan por sí solos quiénes son. Necesitan documentos, contexto, comparaciones, personas que sepan leerlos y, a veces, siglos de paciencia.
Las tazze no desaparecieron.
Lo que desapareció fue la certeza.
Y durante mucho tiempo nadie supo quién era quién.